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El Silencio del ruido

Por Diego Bonet G

Recientemente, Andrés Manuel López Obrador ha declarado varias cosas polémicas. Primero, les dijo “corazoncitos” a unas reporteras que lo cuestionaron por la licencia que su partido le otorgó a Manuel Velasco en el Senado. Luego, dijo que Rosario Robles era un “chivo expiatorio” cuando el diario Reforma publicó que más de 700 millones de pesos fueron desviados de la Sedesol y la Sedatu mientras ella era la encargada. Aún cuando hay una investigación de Animal Político y Mexicanos contra la Corrupción e Impunidad (MCCI), llamada “La Estafa Maestra”, en donde se detalla cómo se hicieron estos desvíos. Posteriormente, dijo en un mitin que el país está en “bancarrota” y justificó así que no podría cumplir todo lo que le estaban demandando, pero que él primero prometió. Vale la pena anotar que días antes afirmó que recibía de Enrique Peña Nieto un país con estabilidad económica y finanzas sanas.

Pero la polémica tras las palabras de AMLO no es nueva. Solo basta recordar que cuando López Obrador era Jefe de Gobierno del entonces Distrito Federal, descalificó al principal movimiento ciudadano que se dio durante su gestión, encabezado por María Elena Morera, ante la ola se secuestros, asesinatos y robos en la capital, diciendo que aquello era “una marcha de pirruris”. Palabra que volvió a utilizar durante su última campaña al decir que Meade y Anaya eran unos “pirruris blancos”. Y los ejemplos no terminan. Como cuando le dijo a Ricardo Anaya en campaña “Ricky riquín canallín”. O el ejemplo que utilizó para descalificar a la prensa llamándola “prensa fifí”. Las palabras de AMLO recuerdan al “Crooked Hillary”, “Little Marco”, “Enemy of the People” o “The wall”, de Donald Trump.

Y también se asemejan los efectos que éstas tienen entre las audiencias. Para sus seguidores, son señales de franqueza, de cercanía e incluso de valentía. Para sus críticos, en cambio, son señales de extravío, de banalidad e incluso de locura. Lo cierto es que la mitad de la sociedad mexicana y estadounidense entiende una cosa, y la otra mitad entiendo otra completamente diferente.

Sin embargo, no es un asunto que se queda únicamente en las palabras. Ojalá así fuera. Es un asunto trascendental que afecta y afectará las acciones de gobierno. Durante el sexenio de Enrique Peña Nieto existió un abismal silencio que terminó por  sepultar su credibilidad. Pues, la verborrea de Andrés Manuel López Obrador, y la absurda interpretación y defensa que sus partidarios hacen sobre lo que dijo y declaran lo que él quiso decir, como la maroma que se aventó Mario Delgado al citar a la RAE para justificar el uso del término de bancarrota, pueden terminar siendo un grave problema dentro de su sexenio.

AMLO ahora puede decir lo que quiera y no tener un costo por ello. Igual que Trump. AMLO ahora puede declarar lo que quiera y tener un ejército de profetas que lo defiendan, interpreten y justifiquen, como el equipo de Trump lo hace cada vez que tuitea. Y es que, es cierto, se ganaron a pulso el monopolio de la confianza y de la palabra. Su voz es la protagonista de una orquesta que hace mucho ruido, pero que detrás de ese ruido, existe un silencio sepulcral.

Es muy peligroso jugar el papel del eterno candidato que hace mucho ruido, pero que cuando ya es presidente, nos termina diciendo nada. El éxito del “sound bite” vivirá hasta que la realidad rebasa a las palabras.

Enredados. Los ruidos y silencios mexicanos y estadounidenses encuentran animosas coincidencias. La carta en la que AMLO le dice a Trump que ambos consiguieron poner a sus votantes y ciudadanos hacia el centro y desplazar al establishment o régimen predominante, es un claro ejemplo. Igual que sus discursos y comunicaciones sociales.

Twitter: @DiegoBonetG

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