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Que nunca llegó

“Debemos aceptar la decepción finita, pero nunca perder la infinta esperanza” —Martin Luther King

Colaboración de Diego Bonet

Dos palabras que pronunció Martin Luther King en un mismo discurso: esperanza y decepción. Dos palabras que nunca habían estado tan cerca de Andrés Manuel López Obrador, como hoy lo están. Y dos palabras que— de alguna forma— también estuvieron cerca de Vicente Fox, Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto, los tres últimos presidentes mexicanos, hace algunos años.

Andrés Manuel López Obrador es un fenómeno. Es la tercera vez que compite por la presidencia de México, y nunca había estado tan cerca de lograrlo como en esta ocasión. Recuerdo cuando estuvo en el programa Tercer Grado de Televisa hace unas semanas. Fue el primero de los cinco candidatos presidenciales en hacerlo, y no sobra decirlo, sigue siendo el puntero en todas las encuestas presentadas con aproximadamente quince puntos de ventaja sobre el segundo lugar.

Más allá de las frases consistentes y repetitivas que ha dicho durante más de doce años como: “la mafia del poder”, “me pueden llamar peje pero no lagarto” o “soy un ave que cruza el pantano con las plumas limpias”, lo más nuevo que ha traído a la mesa es su comparación, y la comparación de su posible triunfo presidencial, con sucesos de la historia mexicana trascendentales: la independencia, la reforma y la revolución mexicana. Para Andrés Manuel López Obrador, su llegada a la presidencia de México este 2018 significaría la cuarta gran transformación de la nación. Comparándose con Hidalgo, Juárez y Madero.

Es una afirmación retadora y utópica. Que provoca y alienta. Que a muchos les genera miedo y a muchos otros les convence. Que para algunos es soberbia y para otros es humilde. Lo cierto es que la comparación mueve.

Durante el mismo programa se le preguntó si se consideraba un héroe, y dijo que no. También se le preguntó si tiene miedo a fracasar, y también dijo que no. No le preocupa el fracaso y eso nos debería de preocupar a todos. Vicente Fox con la ola del nuevo milenio que lo acompañó, no le temía al fracaso, y fracasó. Felipe Calderón, después de su estrepitosa llegada a la presidencia, ya no le podía temer a nada más, y fracasó. Enrique Peña Nieto junto con su promesa del nuevo PRI y de las grandes reformas estructurales que el país necesitaba, no le temía al fracaso, y fracasó. Fracasaron y fracasamos como país en tres ocasiones.

Sin embargo, el escenario más significativo en comparación con la etapa que estamos viviendo se asemeja al de Vicente Fox, por sus dimensiones públicas y coyunturales.

En los primeros meses de Vicente Fox como presidente, la naturaleza del cambio prometido en campaña presentaba facetas poco definidas en términos de su significado, prácticamente no eran visibles y aterrizadas a la sociedad, como lo argumentó Alejandro Cruz en el artículo “Los cambios del cambio” de la revista Nexos en Julio del 2001. Ese cambio prometido era definido por la población en términos de una especie de “mejora”, pero sin que existieran rutas o visiones claras sobre las reformas de reglas y procedimientos necesarios para llevar a cabo esa gran transformación propuesta. Los mecanismos para activar el cambio. Se trataba, en suma, más de la esperanza de un cambio que de la seguridad de que se iba a dar.

Tan solo basta ver que, de acuerdo con una encuesta telefónica presentada en dicho artículo, en mayo del primer año de ese gobierno, la mayoría creía que Fox había cumplido “poco” con el cambio que prometió (53%).

La promesa de un cambio de régimen se hizo basada en la idea de que una persona ajena o de diferente partido al PRI, que gobernó este país y se perpetró en el poder durante 70 años, llegaría al poder presidencial. Las expectativas sobre ese cambio se derrumbaron porque fueron construidas a espaldas de una sola persona: Vicente Fox. A espaldas de un solo hombre que combatiría, solo y de facto, los peores demonios del poder y sistema político mexicano. Un presidente que prometió un cambio, que generó expectativas altísimas para ganar, y que no las cumplió. O que no pudo cumplirlas. Quizá, no todo fue cuestión de voluntad, sino de alcance.

Al final, con la alternancia solo se cambió de nombre pero no de apellido; la corrupción, inseguridad, violencia, pobreza y las mismas formas de hacer política se apoderaron de la esperanza y la convirtieron en decepción. Y aunque hubo avances, ante la mirada de un país expectante, éstos solo fueron pasos de bebé. Fue así, la primera gran decepción de los mexicanos con su entonces súper joven democracia.

Andrés Manuel López Obrador está confiado y todavía no ha ganado. El exceso de confianza sumado al poco énfasis en su proyecto por la construcción de andamiajes, instituciones y rutas claras para escapar del laberinto de problemas de México— rutas  e instituciones que hay que decirlo, se puedan consolidar y traspasen el sexenio de AMLO y aseguren la vida futura nacional—  es una mala señal.

A tan solo unos cuantos días de la elección presidencial, el bono de promesas fantásticas que ha hecho AMLO es enorme, las expectativas de cambio también, y si a eso le agregamos la polarizada y enfrentada sociedad con la que llegamos a esta elección, la cuarta gran transformación nacional que promete Andrés Manuel, si gana el 1 de julio, pasará a ser la cuarta gran decepción de los mexicanos con su democracia.

Y ahí sí, no se podría decir si este país resistiría una decepción más, y una decepción de la mano del líder político y social mexicano más importante de la última década. Para unos, el peligro más grande de México, y para otros, el único que puede salvar a este país de la pobreza, corrupción y violencia. Ya veremos.

Twitter: @DiegoBonetG

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