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Ah, qué Mundial, señor Putin

Por Carlos Loret de Mola A.

¿Qué más le puede pedir Vladimir Putin al Mundial?

Primero. El equipo de su país, envalentonado como el mandatario cuando se quita la playera a la menor provocación para mostrar que todavía hay algo a sus 65 de edad, ha logrado pasar a la siguiente ronda.

Segundo. Su gran rival en el mundo occidental, Angela Merkel, no podrá restregarle el triunfo de Alemania en territorio ruso, como todo mundo pronosticaba. Atrás quedó la crisis por la invasión a Ucrania, los jaloneos por el gas de Rusia que amaina el invierno europeo, olvidada la investigación del avión con pasajeros civiles que en medio de la tensión por Crimea derribaron fuerzas prorrusas o las sanciones diplomáticas por el atentado contra un ex espía ruso en Reino Unido. Que ruede el balón y ya veremos si ruedan cabezas. Qué duro habría sido para Putin recibir a Merkel en el palco presidencial del estadio de Moscú para atestiguar la final en la que, según todos los especialistas, seguramente vencería Alemania. Pero no. Así como Rusia doblegó a Alemania –y con ella a toda Europa- por la invasión a Ucrania, así fue la selección teutona eliminada del Mundial, humillada, sobajada, sacada de una patada (de tres, de hecho, dos coreanas y una mexicana) de la competencia.

Tercero. Aquellos eternos rivales de las guerras de 1994 y 2000, los chechenos, están de plácemes. Desde una semana antes del mundial, las comarcas chechenas, cuna de autores de sangrientos atentados en Moscú y otras ciudades en diversas etapas de la era Putin, recibieron gozosas a la selección de Egipto. Trato de faraones, los egipcios –quizá mucho más peligrosos antes de que Sergio Ramos le lesionara el hombro a Mohamed Salah en la final de la Champions, con una palanca de perfecta ejecución quizá como un guiño español al mandatario ruso, tan aficionado él al judo– fueron la recompensa a una Chechenia que –vigorosa democracia esa del Putin eterno– saltó de ser tierra fértil para el cultivo de terroristas a votar en la más reciente elección 88 por ciento a favor de Vladimir con una participación superior a 90 por ciento. Lo menos era hacerlos campamento mundialista.

Cuarto. Qué festín de espionaje para las agencias de inteligencia del gobierno ruso. Cuánto poderoso, cuánto influyente, cuánto famoso, cuánto millonario desfila teléfono en mano, se conecta, mensajea, navega, llama. En todos los estadios del mundo hay pésima cobertura de internet. No en Rusia. Hasta en el remoto coloso de Rostov del Don se pueden subir fotos y mandar mensajes mientras mete gol el Chicharito. Claro, cómo no le va a interesar a Rusia conectividad plena y que todo mundo use sus redes. Lo que han de estar recolectando de información califica como gula.

Por todo esto, Putin ya ganó. Quién pensaría que dos días después de la clausura del Mundial, dos días después de la gran final en Moscú, el mandatario tendrá que viajar a Ekaterimburgo –ahí donde Suecia nomás nos recetó tres– para conmemorar los cien años del asesinato del último zar, Nicolas II, y su familia. El último zar del siglo XX, claro. Corre ya el XXI.

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