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Trivia Presidencial: ¿De quién estoy hablando?

Por Carlos Loret de Mola A.

En medio de la desatada sucesión presidencial de cara a las elecciones del 2018, propongo una trivia: ¿de quién estoy hablando?

En su carrera política cambió de bando. Primero bajo unas siglas, luego bajo otras. Y ahora, como estrategia electoral, busca acercarse a los del partido político anterior para atraer votos a su causa.

Incluso sus rivales reconocen que él no es corrupto. Pero la corrupción le ha pasado cerca, muy cerca. Y no se puede decir que haya liderado una política pública o un deslinde real de los que han sido salpicados por distintos escándalos en los equipos donde ha sido figura. Es más: en campaña parece decidido a aliarse con cualquier personaje, por repulsivo que resulte para la opinión pública, si ese personaje le va a ser útil en la operación electoral. Pragmatismo puro.

Su presencia en la carrera presidencial se considera casi mesiánica: cuando todo parece perdido, los suyos lo promueven como el único capaz de evitar una especie de previsible colapso total, una suerte de sepultura nacional en caso de que su rival gane las elecciones.

Sus fanáticos no le ven nada malo. Nada. Pero eso sí, atribuyen a su principal adversario cualquier cantidad de complicidades secretas y planes malévolos. La mayoría de estas denuncias no tienen ningún respaldo en datos duros, no hay pruebas, son fake news, noticias falsas. Pero circulan entre sus más fervientes como verdades incontestables. Se comparten en redes sociales para agitar. Y si alguien se atreve a desafiarlas, es de inmediato descalificado y condenado. Sin embargo, si alguien se va al historial de su gestión, si alguien analiza a detalle la manera en que manejó el poder ejecutivo cuando lo tuvo en sus manos, no hay nada que respalde los atroces dichos en su contra.

Además de los fanáticos enardecidos, están también los que votarán por él… a pesar de él: están dispuestos a otorgarle su sufragio no porque les convenza o apasione lo que él plantea y representa (es más, en muchos aspectos francamente lo rechazan), sino porque están dispuestos a todo con tal de que el otro no gane. El famoso “voto útil”.

Su aspiración presidencial es fruto de la decisión de un solo hombre. Cualquier asomo de rebelión o disidencia interna en el partido que lo postula es inmediatamente sofocada… por las buenas o por las malas. No hay contrapesos significativos.

¿Estoy hablando de Andrés Manuel López Obrador o de José Antonio Meade Kuribreña? ¿Del postulado por Morena o del postulado por el PRI? Si pensó en uno de los dos, trate de leer de nuevo el texto teniendo en mente el nombre del otro. A ver qué pasa.

¿Son entonces lo mismo? No. Absolutamente no. Al contrario, como pocas veces en la Historia de México, ese hombre en el que usted está pensando –Meade o López Obrador– protagoniza una contienda que si bien es de nombres propios, de abultada currícula y de partidos, se plantea como una disputa de modelo de país, en donde él representa una cosa y su rival otra completamente distinta. Pero ya sabe cómo son los polos opuesto

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