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Ricardo Anaya en modo Andrés Manuel

Por Carlos Loret de Mola A.

Foto : @ricardoanayac

Mucho se ha comentado en los últimos días sobre la tradición priista del dedazo y del tapado presidencial. La decisión de quién será candidato presidencial del PRI saldrá de Los Pinos, y pocas dudas quedan al respecto. Los vientos de rebeldía priista se han apaciguado con el triunfo en el Edomex y aquellas voces que clamaban un proceso abierto rumbo a la presidencia en 2018 se han callado.

El juego de las sillas lleva ya varios meses. Chong, Narro, Meade y Nuño. De aquí para allá.

Lo cierto es que habrá un momento trascendental para ahora sí, ver las señales claras del presidente. El 30 de noviembre se va Agustín Carstens del Banco de México. Esto quiere decir que faltan menos de quince días para que el juego se termine.

Chong es el aspirante más popular, cercano a las bases priistas y el mejor posicionado en encuestas y sondeos. Nuño es el que más pertence al círculo cercano del presidente y aunque yo no estoy de acuerdo, muchos dicen que aporta esa “chispa” de juventud y frescura. Narro juega en dos vías, por un lado intenta verse alejado del priismo añejo y por el otro intenta verse cercano a los jovenes y la academia. Muchos incluso lo han catalogado como el Bernie Sanders mexicano, aunque sea totalmente lo opuesto. Pero el as bajo la manga de Peña Nieto se apellida Meade.

Varios factores lo han ido acercando a ser la opción favorita entre todas las demás; la salida de Margarita Zavala del PAN, la confianza que genera en empresarios y mercados, los nulos escándalos en materia de corrupción, que haya podido trabajar con políticos de todos los colores y duarante dos sexenios diferentes, y la más importante, que si bien no pertenece al círculo cercano del presidente, sí podría darle continuidad a éste por su estrecha relación con Luis Videgaray.

A pesar de todos estos puntos a favor, hoy solo hay una cosa es cierta: el hombre que más estabilidad puede darle a Enrique Peña Nieto en este momento se llama José Antonio Meade.

Como candidato presidencial, le daría la oportunidad al grupo cercano de Peña Nieto de continuar dentro de la jugada, además mandaría una señal fuerte de confianza a empresarios que ven con malos ojos que el puntero por la presidencia en el 2018 sea Andrés Manuel López Obrador.

Como gobernador del Banxico, mandaría también un guiño a los mercados que ven con buenos ojos la trayectoria del que parece ser el niño bueno de la pandilla mala y también aseguraría terminar el sexenio peñanietista con la casa en calma. Por ahora la moneda está en el aire; todo depende de si Peña escoge águila presidencial o sol bancario. Y para eso, no falta nada. A partir de entonces comenzará lo bueno.

Twitter: @DiegoBonetG

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