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#Mara 

Por Carlos Loret de Mola A.

De cuando en cuando, hay un feminicidio que capta la atención del público en general, que se vuelve emblemático, que nos sacude, que motiva la indignación pública, que inspira marchas y mensajes por doquier porque nos recuerda a todas las demás mujeres que han sido asesinadas por el puro hecho de ser mujer, nos recuerda el olvido, la impunidad y el hecho de que en nuestro país ser mujer es, de entrada, un enorme riesgo.

El atroz asesinato de Mara Fernanda Castillo en Puebla es uno de estos casos: una chava sale de fiesta, pide un taxi que se presume seguro para volver a su casa, pero nunca regresa porque el chofer del transporte la viola, la mata, envuelve su cuerpo con la ropa de cama del hotel de paso en el que hizo escala en su ruta criminal y arroja su cuerpo en un terreno baldío.

¿Por qué lo hace? Porque ella es mujer y él es hombre, porque un sutil aroma de que puede, tiene derecho y no va a pagar por ello se ha incrustado en su pensamiento, porque ha visto que eso pasa y sigue pasando y no hay cambio en la realidad que lo detenga: ni una transformación de la cultura machista ni una disminución en los índices de impunidad.

Cada día son asesinadas siete mujeres en México. La cifra de impunidad es igual que la de todos los delitos de alto impacto en nuestro país: más del 90 por ciento no tienen castigo. ¿Qué vuelve especiales a los feminicidios? El móvil: no hay una venganza, un ajuste de cuentas, una deuda que saldar, un coraje, una ira… simplemente las matan por ser mujeres.

Los feminicidios y los actos de violencia contra mujeres son los únicos delitos en México que cruzan los estratos sociales. En el caso de los hombres, la mayoría de los asesinados en nuestro país son jóvenes pobres. En las mujeres es generalizado, abarca todas las edades y situaciones socioeconómicas.

¿Y por qué pasa esto en México? Una pista la regaló un nutrido grupo de ciudadanos que, tras el asesinato de Mara y la explicación de la Fiscalía de Puebla sobre cómo sucedieron las cosas, se expresó en redes sociales reclamando a Mara por haberse ido de fiesta, por haberse quedado hasta tarde, culpando a su familia por “no cuidarla”. Quizá más que expresarse se exhibieron. Pero así piensan. Y son muchas. Y muchos. Su impulso inicial es culpar a la víctima por hacer lo que todo ciudadano(a) debería tener derecho a hacer, y otorgar al victimario una especie de raciocinio lógico en el que, frente a los descuidos y provocaciones de ella, pues él actúa en consecuencia. Vergonzoso.

Hay movilizaciones que estremecen como la de “Mi primer acoso”, la de “Si me matan es porque…”, manifestaciones, campañas oficiales y ciudadanas, alertas de género emitidas por la Secretaría de Gobernación, por los gobiernos estatales… pero los números siguen fuera de control.

Las instituciones, los partidos, los presidenciables hablan muchísimo de corrupción y economía. Pero casi no hablan de seguridad, que es la principal obligación de los gobiernos y aquella en la que ningún político de ningún partido o independiente ha sido capaz de entregar buenas cuentas a la sociedad. Y cuando hablan de seguridad es de narcos, capacitación policiaca, mando único, seguridad nacional, pase automático… porque la noción más elemental de seguridad, la que significa que el ciudadano(a) pueda salir a la calle sin quedar a merced del crimen, es una exigencia para la que no han sido capaces de una respuesta siquiera medianamente satisfactoria.

 

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