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Mil palabras dicen más que una imagen

Colaboración de @avestruzeterea

  

De repente vemos las noticias, hojeamos un periódico o (más probablemente) revisamos redes sociales o páginas en línea, y una imagen llama nuestra atención.

 Puede ser la foto de un niño sirio muerto en la playa. Puede ser otro niño, atropellado en Las Ramblas. Pueden ser fotos de ciudades destruidas, disputadas entre el ejército sirio (los malos) e ISIS (los muy malos).

También puede ser una infografía, alguna gráfica o hasta un meme. Pobreza, violencia contra la mujer, agresiones contra homosexuales, guerras, violencia.

No es muy difícil que esas imágenes nos lleven a las conclusiones obvias. Digo, son contundentes, evidentes. No necesitan explicación.

– El mundo cada vez está peor.

– La violencia está desatada.

– La pobreza aumenta.

– La situación de las mujeres y la comunidad LGBTcétera se deteriora.

– Las religiones no pueden coexistir unas con otras.

– Al mundo no le importa el sufrimiento de los que menos tienen.  

Y podríamos seguir con varias conclusiones que se desprenden de las fotos, los memes, las infografías, los videos aterradores.
Porque una imagen dice más que mil palabras, ¿no? 

Pues en este caso no. Creo que es muy importante analizar los datos duros. Y las seis conclusiones que escribí arriba, que son las que usualmente leemos tras la difusión de imágenes perturbadoras, no solo son falsas sino que van completamente en contra de lo que la evidencia señala.

 

¿Cuáles eran los niveles de violencia hace 100 o 200 años? ¿Qué derechos tenían las mujeres? ¿Qué destino les esperaba a los abiertamente homosexuales? ¿Cuáles eran los porcentajes de población en pobreza en el mundo en 1900? ¿Cuál era la esperanza de vida, la probabilidad de que un recién nacido llegara a cumplir dos años? ¿Qué porcentaje de la población moría en conflictos armados?  

Por supuesto que el mundo no es perfecto. Por supuesto que varios de los cambios favorables son lentos, incompletos, todavía insuficientes. Desde luego que duele cada niño con hambre, cada víctima de terrorismo, cada mujer golpeada por un cobarde. Que haya menos víctimas en guerras no le quita el sufrimiento a cada persona que viva en una de las regiones en conflicto.  

Pero es muy importante que entendamos el progreso que llevamos porque corremos el riesgo de dar vuelta en U. Cada que pasa algo como lo de Barcelona (o Finlandia o antes Manchester o lo que se acumule), cada que sale un dato que habla de la pobreza que aún existe en el mundo, tenemos gente ofreciendo recetas que no hablan de intensificar la dosis que en términos generales ha funcionado (igualdad ante la ley, estado de derecho, democracias representativas, separación de religión y gobierno, economías liberales de mercado, organismos supranacionales para resolución de conflictos) sino de regresarnos a las recetas que imperaban hace décadas o siglos y que objetivamente tenían a la gente con una peor calidad de vida.

 El mundo va en la dirección adecuada. Pueden ver el Índice de Desarrollo Humano, el porcentaje de personas en pobreza, de niños sin vacunas, de acceso de las mujeres a estudios universitarios, de esperanza de vida, de alfabetismo, de acceso a agua potable, a energía eléctrica, a drenaje. Y dentro de las diferencias que hay entre países, es importante ver qué recetas aplican los que despuntan en estas listas (si se quieren ahorrar algo de tiempo, les adelanto que son los puntos que comento arriba como “la dosis que en términos generales ha funcionado”).

Las imágenes que vemos no nos deben dejar tranquilos. No debemos acostumbrarnos a guerras, niños atropellados, supremacistas blancos ni feminicidios. Pero que esas imágenes no sustituyan nuestro entendimiento de la tendencia general. Redoblemos el esfuerzo, corrijamos lo que haya que corregir, sigamos cerrando la brecha.

No importa lo que las imágenes aisladas les digan. El mundo cada vez es mejor, y no por poco. Ya sabemos el camino, ya tenemos los medios. Sigamos con lo que ha funcionado. No caigamos en pesimismos, y no escuchemos a los que nos vendan recetas que no solo no han funcionado sino que cuando han estado en vigor han perjudicado tremendamente a la población de los países que los han padecido.

No siempre una imagen dice más que mil palabras. No siempre al ver algo perturbador podemos sacar las conclusiones adecuadas. Entiendo que atrae mucho más ver una imagen de sangre en Las Ramblas que una gráfica de como la distribución de más de mil millones de mosquiteros para cama en África le han salvado la vida a más de cuatro millones de personas que de otra manera hubieran muerto de paludismo. 

Pero si sabemos en dónde estamos parados podemos afinar lo que se necesita (que es mucho) para seguir con el esfuerzo (que es gigante). No es la idea de estas líneas decir que estamos de maravilla, que ya llegamos, que no importa un niño con hambre porque nunca en la historia ha habido menos porcentaje de niños hambrientos en el mundo.  

En vez de caer en fatalismos, ayudemos en nuestro entorno inmediato. El sistema en conjunto no necesariamente tiene hoy las soluciones y los recursos para atender lo urgente en nuestra comunidad. Pero tal vez nosotros sí. Solos, con nuestra familia, con nuestros vecinos o amigos. Podemos apresurar los cambios.  

No nos conformemos. Pero no nos dejemos llevar por imágenes que no por terribles dejan de estar descontextualizadas.

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