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La biología importa (Los Buenaonditas Vol. II)

Colaboración de @avestruzeterea
 

Vamos a empezar con la aclaración para los que lleguen tarde: estoy del lado del #LoveIsLove, y no del lado de los del autobús naranja del Hazte Oír. ¿Está claro? Bien. Empecemos. 

La biología importa. No importa cuánto lo quieran negar. A varios nos caen mal los argumentos del Frente por la Familia en contra del matrimonio igualitario. Pero la postura contraria está llegando a extremos absurdos, y el miedo al linchamiento provocado por la ultracorrección política está callando muchas voces. La ideología de género ha extraviado completamente la mira.

“No importan en absoluto los órganos sexuales con los que naces sino con los que te identificas. A un recién nacido no le puedes denominar niño o niña sino hasta que ell@s digan qué quieren ser porque lo demás es resultado del maldito sistema heterodicotómicoparental”… Interesante planteamiento. Pero no. No es así. La biología importa.

Vamos a decir que alguien que nació varón descubre a los tres años (hipótesis, no se me enojen) que en realidad su género adecuado es el femenino. Sus papás apoyan su decisión y lo visten de mujer y le cambian de nombre de Juan a Chana. Perfecto. En su nuevo rol femenino, Chana se siente de maravilla. ¿Verdad que eso del género no sirve de nada? Pues con la pena pero sí. Chana tiene pene. Chana tiene cromosomas XY. ¿Qué eso no importa para nada? Bueno, dejemos de lado ese debate. Va otra idea: Chana puede tener problemas de próstata. No importa cuánto desee ser mujer. No importa si se pone falda, se viste de rosa, se propone tras la pubertad someterse a cirugías y reemplazos hormonales. Por más que lo desee a sus tres añitos no va a poder cambiar su inflamación de la próstata por una de trompas de Falopio. Podrán hacer todas las marchas que quieran y podrán tratar de callar al que ose hacer el comentario. Pero así es. Porque la biología importa. Aunque a los de la ideología de género no les guste. 

Del mismo modo que Fulanita, que nació con vagina pero que se considera un hombre atrapado en el cuerpo de una mujer, podrá crecer como varón y tener una niñez plena como Zutanito, feliz con el género que considera que debe tener. E insisto, yo voy a apoyar a Zutanito. Pero cuando llegue a la pubertad, resulta que sus hormonas provocarán la aparición de caracteres sexuales secundarios y ¿qué creen? Pues sí. La biología importa. Se puede llamar Zutanito pero menstruará y por más que lo desee su voz se hará pues… femenina. ¿Eso se puede revertir más adelante? Sí. Y si quiere, que lo haga. Estoy con él. Pero la biología importa. Si por haber nacido con cromosomas XX sus hormonas se comportan como mujer, no es culpa del machismo ni de Norberto Rivera. No es un constructo social. No es la opresión, ni el “mansplaining”, ni la homofobia. No. Son las hormonas femeninas que tiene porque nació mujer. Porque la biología importa.

 Este mismo rasgo de ultracorrección política atrapa también a los que opinamos que una mamá no puede ser mamá y papá a la vez pues porque es mujer. O a los que opinamos que es falsa la frasecita “haber procreado a un hijo no te hace padre”. Pues con la pena pero sí. De hecho esa es la definición. Claro, hay mamás que hacen un trabajo extraordinario, digno de encomio, heroico, sin que el papá de los hijos ayude en absolutamente nada. Claro, si un niño crece con el nuevo novio de su mamá (o un tío, o el abuelo), y resulta que ese señor es comprensivo, amoroso, guía, proveedor, compañía, apoyo, por supuesto que decirle “papá” resulta más que razonable. Un aplauso para esos papás postizos que están en donde tal vez un papá biológico cobarde no estuvo. Bien. 

Pero la biología importa. Y ese niño tiene un papá.
 No, no es la mamá aunque quiera ser madre, padre, guerrera, luchona, proveedora, soltera sí sola jamás, flora y fauna a la vez. Porque si ese niño necesita una transfusión de sangre resulta que no necesariamente es compatible con su mamá, aunque ella quiera con todo su corazón donarle cada gota porque daría su vida por él (loable) y aunque haya pasado diez años cubriendo al límite de sus fuerzas el papel que el papá ausente no supo o no quiso o no pudo o no tuvo el valor de hacer (loable). Y resulta entonces que la biología importa y que la mitad de la sangre del niño viene del papá. Porque sí, una mujer puede querer a su hijo como mamá y papá. Bien. Pero la biología importa.

Lo mismo pasa con el papá postizo. Insisto, más derecho tendría a ser llamado “papá” el que acompaña al niño a recoger sus calificaciones, habla con sus maestros y se toma el tiempo de conocer a sus amigos, que el que seis meses antes de que el niño naciera, al enterarse de que venía en camino, cobardemente se desapareció y no afrontó su responsabilidad. No se trata de defenderlo. Pero… la biología importa. El papá postizo, por más que ame a su hijo adoptivo, no puede evitar que el papá biológico le haya pasado su información genética, incluyendo enfermedades congénitas. Porque en el ADN del niño está y estará siempre la información del papá biológico, no importa cuánto desee el papá postizo que no sea así. Eso suena injusto, al menos para mí. Pero pues así es. La biología importa. Pregúntenle a un médico.

Y regresamos entonces al tema del autobús naranja: tienen derecho a expresarse. Tienen derecho a decir sus opiniones. Y los están silenciando. No solo a nivel de redes sociales, no. En lugares como Monterrey les han impedido físicamente realizar sus actividades. En Guadalajara no los dejaban dar entrevistas (cierto, el señor Dabdoud reaccionó pésimamente pero eso no quita el hecho inicial).

 

Yo defiendo el derecho que tienen los del Frente por la Familia a emitir sus opiniones. Y acto seguido, ejerzo mi derecho de opinar que en lo que tiene que ver con su oposición al matrimonio igualitario, la educación sexual obligatoria en las primarias, las adopciones monoparentales y la exclusión de la religión de la educación pública, estoy 100% en contra de ellos. Se puede estar a favor del matrimonio igualitario sin impedir que los que opinen diferente puedan expresarse.

 

Conozco a muchas personas que están a favor del, llamémosle, matrimonio tradicional. Muchas veces son católicos practicantes. Es gente buena, creen estar en lo correcto. No salen a la calle a golpear homosexuales, ni quieren que los encarcelen. Simplemente tienen una opinión distinta a la mía. Y algunos ven en el autobús naranja una manera de difundir sus puntos de vista. ¿Qué le dejamos a esas personas si en redes sociales los tachan de homofóbicos (sin serlo), y si el Frente de la Familia en el que se sienten representados no puede expresarse en las calles (que, no lo olvidemos, no son patrimonio exclusivo de las ideas acordes con las marchas del orgullo gay)? Con Estados Unidos estamos viviendo un triste ejemplo: cuando las personas conservadoras encontraron que no podían opinar sin ser tachadas de malditos nazis retrógradas, apareció un tal Donald Trump que les dio voz. Y a falta de cualquier otra válvula de escape, se fueron por ahí.

 

No debería ser difícil respetar que cada quien pueda hacer con su cuerpo lo que quiera sin dañar a terceros. Y esa libertad debe incluir el derecho de cada quien a considerarse del género que quiera y practicar su sexualidad como quiera. Que el que quiera se vista con las ropas que quiera, si se quieren cambiar de nombre yo me voy a referir a ellos con el nombre que elijan, si quieren ir al cirujano a quitarse o a ponerse lo que gusten, adelante. 

 Pero la biología importa. No quieran callar al que haga la observación.

 

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